Personajes (Kika, Alex y Dantis el dragón dorado), un principio y un fin, un título (Un apropuesta para Max), un lugar (La Alcazaba), una historia de aventuras que terminará en la playa...
El libro acordeón: un traje para vestir nuestra historia, la portada, la contraportada, las páginas, las ilustraciones y los autores:
Cuelgo. Me entretengo hincando un diente de tiburón en mi almohada. En la almohada de mi camilla. La sirena educada y báltica descansa a mi derecha, a la derecha de una pecera que tiene piernas, cara y los ojos juntos. Las sirenas no se alteran. Esta sirena tampoco. Las sirenas genéticas no patalean. Esta sirena no patalea. La sirena. Ella. Vértebras torcidas, medusas en su espalda. Venas densas y saladas. Llovizna de acueducto fatigado. Arco y patio entre dos aguas. Temporada húmeda y lentísima. Esta sirena. La flor del cactus o el cactus de la flor anfibia. Viva o muerta. Muerte o vida. Viva o muerta. Qué más da.
Pedro Casariego Córdoba, Qué más da, El Gaviero Ediciones, 2004, p. 62.
Aquí podéis disfrutar de Martín Espada atizando con sus ángeles de pan a todo aquel que se cree tan poderoso como para aprovecharse del prójimo.
(Pegamos el texto traducido y publicado por El Gaviero por si os apetece leer y escuchar al mismo tiempo).
Vídeo de Martín Espada recitando “Imagina los ángeles de pan” en el Dodge Poetry Festival:
IMAGINA LOS ÁNGELES DE PAN
Éste es el año en que los ocupas desalojan a los caseros, y otean como almirantes desde un balcón o alzan sus manos alabando al vapor de la ducha; éste es el año en que los refugiados envueltos en mantas deportan a jueces que clavan la mirada en el suelo y en sus hinchados pies mientras se sellan los expedientes con su nuevo destino; éste es el año en que los revólveres de la policía, calientes como estufas, llenan de ampollas los dedos de policías furiosos, y en que las porras se astillan en sus manos; éste es el año en que los hombres de piel oscura linchados hace un siglo regresan en paz a tomar café con los descendientes arrepentidos de sus verdugos.
Este es el año en que aquellos que nadan contra la resaca de la frontera y tiemblan en vagones de mercancías son recibidos con trompetas y tambores en el primer paso a nivel del otro lado; éste es el año en que las manos que cogen tomate de la mata arrancan la escritura a la tierra que germina las matas, el año en que las manos que enlatan tomates figuran en el testamento del dueño de tan disparatada conservera; éste es el año en que los ojos que escuecen por el veneno purificador de retretes despiertan al fin con la visión del monte al cantar el gallo, peregrinaje de nacimiento inmigrante; éste es el año en que las cucarachas se extinguen, en que ningún médico encuentra cucas incrustadas en las orejas de ningún niño; éste es el año en que los cupones para comida de las madres adolescentes se subastan como doblones de oro, y no se presta ni un céntimo para comprar machetes que preparen ramos de cabezas segadas en el país de los cafetales.
Si la abolición de la esclavitud con grilletes comenzó con la visión de unas manos sin grilletes, entonces éste es el año; si el cierre de los campos de exterminio comenzó con el sueño de una tierra sin alambre de espino ni crematorio, entonces éste es el año; si cada rebelión comienza con la idea de que un conquistador a caballo no es un dios de muchas piernas, y que también se ahoga si cae al río, entonces éste es el año.
Ojalá cada boca humillada, con los dientes como lápidas profanadas, se colme con los ángeles de pan.
Martín Espada, Soldados en el jardín, pp. 64-66. El Gaviero Ediciones, 2009.
Traducción de Marisa Estelrich, Diego Zaitegui y Pedro J. Miguel.
Hay muertos que se te quedan mirando con cara de muerto, preguntándote con los ojos muy abiertos por qué o para qué se han muerto. Los muertos que no dan crédito a lo ocurrido son los que más pena dan porque tú ya no puedes hacer nada y no puedes darles ninguna razón convincente para consolarlos, así que les cierras los ojos y los dejas a oscuras. El muerto, por muy sorprendido que esté, no puede moverse por definición, pero eso no le quita la mala hostia, y se queda esperando a que alguien lo despierte o le cuente qué es lo que realmente ha ocurrido, aunque nadie lo hace, y en lugar de eso llega la UVI móvil y le mete dos descargas en el pecho que lo dejan definitivamente muerto. No contentos con eso, una ATS muy dinámica le inyecta en su cuerpo inerte dos jeringazos de algún producto que haría las delicias de más de uno, pero ni con esas; entonces el jefe de la UVI móvil ordena que le abran una vía, que lo intuben y yo qué sé cuántas cosas más con tal de que el muerto no se les muera, y lo meten en una ambulancia de carreras y se lo llevan a toda velocidad hasta el hospital más próximo (a punto de matarse). Por el camino le hacen una traqueotomía porque al jefe de la unidad móvil le molesta sobremanera que la gente se muera en su turno y se pone más terco que una mula. Con tanto ajetreo el muerto empieza a darse cuenta de qué va la cosa, se relaja un poco y ya no le importa para qué se ha muerto o por qué, sólo da gracias a dios por haber estado muerto antes de que le hicieran todo aquello.
Juan Pardo Vidal, Tus Muertos, El Gaviero Ediciones, 2004, pp. 27-28.