sábado, 31 de octubre de 2009

El Gaviero y el mar: fragmentos literarios para navegantes

Foto: Ana Santos Payán

El ruido de las olas por la noche es un ruido de la noche; ¡y cuántos lo han oído en su propia alma, como la esperanza constante que se deshace en la oscuridad como un ruido sordo de espuma profunda! ¡Qué lágrimas lloraron los que obtuvieron, qué lágrimas perdieron los que consiguieron! Y todo esto, durante el paseo en la orilla del mar, se me tornó el secreto de la noche y la confidencia del abismo. ¡Cuántos somos! ¡Cuántos nos engañamos!

Fernando Pessoa, Libro del desasosiego.

viernes, 30 de octubre de 2009

Todo tiene un límite. Especial día de los Fieles Difuntos.

Foto: Ana Santos Payán

TODO TIENE UN LÍMITE de Juan Pardo Vidal

Improcedente. Me ha hecho usted perder el tiempo, dijo el juez sin admitir a trámite la denuncia que Alberto había interpuesto, por sadismo, contra el médico residente que lo había atendido días antes en una sala de urgencias.
Se lo tuvieron que llevar de la sala los alguaciles cuando, al oír la sentencia, empezó a vociferar que él tampoco quería perder el tiempo, que no quería perder el tiempo, que no quería perder el tiempo, se le oía decir cada vez más flojito mientras se lo llevaban, casi en la sillita de la reina, camino de los calabozos.
Y eso que, en los antecedentes de los hechos, le había contado a su señoría con todo lujo de detalles que, tres meses atrás, salvó de las garras de la muerte a un pulgoso gato callejero tuerto del ojo izquierdo, que respondía al nombre de “piratilla”. Que tras abalanzarse éste, por séptima vez, bajo las ruedas del coche del vecino, había quedado, esta vez sí, tendido sobre el asfalto con parte de la masa intestinal ligeramente desubicada, frente a su casa. Y que lo llevó al veterinario, que era familia suya (el veterinario), y que éste, sin mucho convencimiento le hizo un arreglillo y sin más se lo devolvió porque le estaba poniendo la consulta perdida de pulgas.
Le contó al señor juez que a la mañana siguiente fue a verlo al capazo que en el garaje, a unos metros de la casa, había colocado a modo de UCIG. Y que, para sorpresa de propios y extraños, en un par de días el gato comenzó a maullar por su cuenta, se hizo un hueco en el reino de los gatos vivos y se lamió pacientemente las heridas, como hacemos todos.
Para entonces su mujer le había recriminado, con los brazos en la cabeza, el detalle del gato (dada la alergia respiratoria severa que ella sufría a estos felinos) y le exhortó a que le trajese de la ferretería unos metros de manguera para poder baldear el garaje, al menos un poco, en un vacuo intento de ahogar a la tropa de pulgas que se había hecho fuerte en la estantería metálica del fondo.
A Alberto, que estaba muy sensible y que estaba en esos días, el tono del requerimiento de su mujer lo compungió sobremanera y lo de la manguera le pareció una metáfora de algo que no pudo desvelar. Aun así, se fue a la ferretería, compró seis metros de manguera verde con malla antinudos y se la llevó a casa. Pero, sin saber exactamente por qué, en lugar de insertarla en el grifo, la metió dentro del tubo de escape del renault. El otro extremo lo atrapó al subir la ventanilla del coche y se echó a dormir en el asiento delantero. Todo tiene un límite, pensó mientras arrancaba el motor del coche.
No pasaron ni cinco minutos cuando su mujer volvió del trabajo y, mientras abría la puerta de casa, escuchó al piratilla rascando con desasosiego la puerta de la cochera, y ante la duda se acercó a ver qué demonios le ocurría al maldito gato. En unos segundos lo comprendió todo.
Si pudiera ser sincera diría que durante una décima de segundo pensó, en un gesto de amor incondicional, que lo dejaría marcharse, lo dejaría irse tal y como él había elegido. Pero rápidamente lo desestimó y le salvó la vida arrancando la manguera de la ventanilla, como unas semanas antes hiciera él con el gato. A mala idea. El gato maulló satisfecho porque con sus arañazos en la puerta había cumplido su venganza y le ronroneó un poco alrededor de las piernas. Como recompensa recibió un puntapié. Así que abrió las puertas del vehículo y llamó al 061 dando gracias a dios (y a Ra) porque su marido, aún inconsciente (que lo era), seguía vivo. Sollozando intentó, esta vez sí, acariciar al gato, pero éste, por precaución felina, salió diciendo fu como el gato.
En diez minutos llegaron con la ambulancia de carreras a la puerta de urgencias y en menos de doce ya estaba intubado, monitorizado y atadas las manos con correas a la cama sobre una mesa de observación. El doctor que lo atendió dijo que llevaba dieciséis horas de guardia intentando salvar vidas y que ahora le traían a un hombre que no la quería. Así que le puso un par de jeringazos de no sé bien qué en el suero de la vía para asegurarse de que no se le muriese, y luego, quitándose el fonendoscopio, cuidadosamente se lo puso a Alberto, yaciente, en sus oídos, colocándole con una tira de esparadrapo la campana sobre el pecho para que pudiera oírse claramente el latido de su propio corazón. Todo tiene un límite, dijo mientras se alejaba amenazando a cualquier enfermera que osara quitarle el fonendoscopio del pecho.
Así pasé aquella noche, señor juez. Si eso no es sadismo, dígame usted señor, qué es.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Santos y difuntos en la gavia


El próximo 2 de noviembre, día de los Fieles Difuntos, nuestro cuaderno contará con una colaboración especial de Juan Pardo Vidal: Todo tiene un límite. No te lo pierdas.

viernes, 23 de octubre de 2009

El Gaviero y el Mar: fragmentos literarios para navegantes

Foto: Ana Santos Payán

[El lenguaje] se asemeja a uno de aquellos mapas coloreados del colegio, de hule, llenos de nombres exóticos y accidentes geográficos: ríos, cordilleras, lagos y grandes sabanas que yo siempre imaginaba pobladas de cebras, jirafas, manadas de ñúes y portadores negros que trabajaban para un irritante y estúpido cazador blanco de elefantes. El lenguaje es igual. Una sucesión de pequeños y grandes Estados soberanos, muchos de los cuales no visitaremos nunca, pero que sabemos que existen porque están en el mapa. Así encontramos, en el centro del continente, el País del Lenguaje Coloquial, que es el más extenso y el que cuenta con un mayor número de habitantes. Al este, tras una frontera vigilada por centinelas armados, casamatas y alambradas de espino, está el País del Lenguaje Oficial, donde los allí nacidos se saludan y despiden con frases altisonantes: Muy Señor mío, y Dios guarde a Vd. muchos años.
En el otro extremo del mapa está el País de las Jergas, uno de los más visitados, donde dicen siroco, chupa, birra y colega. Y al norte, justo al extremo del continente, se encuentra el romántico País de los Hombres del Mar, donde todos los vientos tienen nombre, y todos los habitantes son poetas. Allí pronuncian palabras como arrufo y codaste, grátil y chumacera, abarloar y barlovento.

Jesús Marchamalo, La tienda de palabras, Madrid, Siruela, 1999, pp. 199-200.

jueves, 8 de octubre de 2009

Química por Ignacio Vleming

Química: no hay nada más romántico que la ciencia
Reivindico un libro difícil y hermoso. He de reconocer que la primera vez que leí Química, el poemario de Sofía Rhei que celebro aquí, no entendí nada. Pero también es cierto que sigo sin comprender muchas de mis obras de arte favoritas. Química se parece sorprendentemente a las clases de formulación que nos deslumbran y nos desconciertan a los 16 años, sin remisión. Recuerdo con terror aquel examen en el que las formas más absolutas de la belleza, se condensaban en estructuras cristalinas, que todavía me cuesta creer que existan.
Aquellos que en su adolescencia preferíamos las letras descubrimos cómo Química lo trastoca todo, y de pronto la tabla periódica de los elementos se convierte en un extraño alfabeto y la formulación no es más que una variante de la gramática. Los títulos de este poemario serían una especie de moléculas imaginarias, o no tanto, como si el flujo de la poética no se diferenciara al de la biología. Así dice “sucede que el texto de tus / genes / es literatura” y la palabra “Vicio” resulta de sumar Vanadio + Yodo + Carbono + Yodo + Oxígeno y la palabra “Función” de Flúor + Uranio + Nitrógeno + Carbono + Yodo + Oxígeno + Nitrógeno. En esto hay un concepto muy parecido al de la métrica. Si bien estos poemas son de verso libre, la concreción y exactitud con la que Sofía coloca cada elemento y pronuncia cada palabra, hacen de Química un texto absolutamente medido y calculado, una estructura molecular, también propia del barroco.
Porque Química está lleno de alusiones estéticas “No existe escultor, ni dibujante, capaz e aproximarse siquiera / a tus huesos nítidos” Ya que al igual que el artista genera la obra, las fuerzas de la naturaleza generan la vida. La vida que en Químicase traduce siempre por amor. Así comienzan a generarse todo un sistema de metáforas donde amante y amado, son energías que se contrarrestan, que se oponen y se disparan. Y son también la estrella y el satélite, si tomamos por metáfora la astronomía, o la plata y la luz, si tomamos por metáfora la fotosíntesis. Como en la mejor literatura amorosa, la paradoja es otro de los artilugios poéticos al que Química recurre más frecuentemente “de día / no sé mirarte sin verte en mi sueño, / inundándolo de vigilia luminosa”
De esta manera Química hace de la ciencia el método más romántico.
Artículo de Ignacio Vleming en Minotauro Digital